Pasando el puerto – M. A. Macía
La astorganería de la diáspora lo tiene claro: mejor desde la acera. Bajo ese alero, o tras esa esquina donde se vio pasar la última vez -en la bruma del recuerdo- el frufrú de las túnicas y el ris ras de las suelas de los braceros al redoble de tambor y algún golpe de horquilla. La magnitud de una procesión se comprende desde la calle. Con los ojos a humana altura de lo divino. Intuyendo paparrones cómplices a través de los agujeros de las capuchas. Aspirando la luz y tocando los inciensos de los pasos que se ya se acercan con el crujir de las bandas y el tintineo de las bolsitas tan astorganas con las monedas que saldan cuotas de voluntad. Pero, es lo que tiene emigrar, no siempre es posible estar en la bendita acera. Ni tomar una limonada tras verla pasar. Ni vestir la misma túnica. Para ellos, este año, a falta de acera será obligada la dos y nunca agradecerán bastante a quien manda que se retransmitan las procesiones. De paso, se colarán nuestras tallas en las teles más insospechadas y, quizá hasta surja algún flechazo que agende visita para otra ocasión, que de eso vive la ciudad. Quienes residen en Astorga con indudable plaza fija ante el nazareno, de poco les sirve la tele, salvo para criticar el gasto cuando se conozca. O incluso, para experimentar en directo el lujo de apagar la pantalla y mirar por la ventana antes de aplaudir lo guapa que sale la virgen.
